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UNA VICTORIA CON SABOR A MUCHOS TEMORES

La victoria del ultraderechista Jair Bolsonaro no puede analizarse entre la polaridad entre izquierda y derecha, cuando el choque es el conflicto entre la democracia liberal y el populismo autoritario.
Visto bajo este ángulo, el ascenso político de Bolsonaro responde no solo al fracaso de los pasados gobiernos de izquierda sino también a la incapacidad de la ideología liberal o neoliberal —y en particular de su acción política— para lograr un candidato que retome su agenda sin la necesidad de sucumbir en una práctica demagoga, irracional y extrema.
Los análisis muestran que con independencia de la innegable estrategia de propaganda negra que ha apoyado al candidato-presidente electo, el problema no ha sido el de los engaños, sino la existencia de una ciudadanía, un electorado que decidió dejarse engañar.
En Brasil, como en otros países anteriormente, hay un deterioro de la verdad como principio cardinal del comportamiento ciudadano, una desilusión con el tipo de democracia que los rige y un auge, en toda Latinoamérica, de grupos de acción directa y decisiva en los procesos políticos, como lo son movimientos ciudadanos independientes, y de sectores religiosos como las iglesias que han dejado de ser defensores de una fe para ser actores de primera línea en el accionar político.
No es que la fusión de religión y política, bajo la forma de partidos políticos, sea nueva en Latinoamérica. A partir de 1947 ocurrió un auge de la democracia cristiana —con fundamento en las organizaciones políticas de este tipo en Europa— que llevó al triunfo de sus candidatos presidenciales en diversos países (entre ellos Chile, República Dominicana, Colombia y Venezuela) y a la aparición de ministros, senadores y diputados en toda el área. Se han cambiado preferencias partidistas y han florecido intereses comunes.
El 71 % de los evangélicos declaró su preferencia por Bolsonaro. José Wellington Bezerra da Costa, presidente emérito de la Asamblea de Dios, la mayor fuerza evangélica, con 22,5 millones de fieles en Brasil —cerca del 10 % de la población— considera a Bolsonaro la mejor opción y dijo: “De todos los candidatos, el único que habla el idioma del evangélico es Bolsonaro. No podemos dejar a la izquierda volver al poder”.
Se repite así el fenómeno observado en EEUU, donde las fidelidades partidistas tradicionales se han transformado y ya no siguen al pie de la letra guías ideológicas trazadas históricamente, sino intereses puntuales.
Es por ello que la actual situación política de Brasil no se comprende a plenitud desde una limitada dicotomía entre la izquierda y la derecha, y tampoco solo recurriendo al ‘voto de castigo’ por la corrupción de la izquierda —aunque ello influye indudablemente— sino por la situación de desamparo que ha llevado a la ciudadanía a desconfiar no solo de los políticos tradicionales sino de las instituciones democráticas: incluso a no creer en unos ni en otras.
Por supuesto, nada de lo anterior excluye de culpa a los pasados gobiernos de izquierda brasileños, responsables en buena medida de la debacle actual. Pero siempre sin olvidar que dicha izquierda —más allá de las preferencias de cada cual— actuó dentro de los parámetros de un Estado democrático.
El fracaso de la izquierda —y hasta dónde ese fracaso fue real o la caída de Rousseff fue simplemente una maniobra política de la derecha es asunto de debate— no justifica el surgimiento de la amenaza de que se establezca en el país un gobierno autoritario. El Brasil del Partido de los Trabajadores no era la República de Weimar, donde la situación existente explica, pero tampoco justifica la llegada de Hitler.
Caben sin embargo los interrogantes sobre las limitaciones de un modelo, o de la forma en que dicho modelo es conducido y el arrastre o demora en la necesaria transformación; la dependencia a fines ideológicos y preferencias, así como la ausencia de mecanismos de control y verificación que impidan que se cometan actos de corrupción. Aunque la solución a dichos problemas no es depositar las esperanzas en la aparente o probada honestidad de un nuevo y ‘visionario’ gobernante sino en el establecimiento de tales mecanismos.
De lo contrario, continuará el agotamiento de la esperanza, lo cual define tanto el depositar el voto en un candidato poco o nada habitual como el acudir a las llamadas “teologías de la prosperidad” —con su presencia cada vez más amplia en los medios de comunicación y las redes sociales-. No es solo la ‘salvación del alma’ sino la seguridad del cuerpo por medios insólitos: el pastor y el candidato como una especie de último recurso, donde la ideología en su forma tradicional y hasta ayer infalible ha muerto.
 
 
Pedro Pablo Aguilera 
Director del Departamento de Humanidades