Bailar para sanar

 “Veo el baile como una comunicación entre el cuerpo y el alma para expresar lo que está demasiado profundo y que no es tan fácil de hacer con las palabras”. Así lo expresa Andrés Lerma Asprilla, quien a sus 18 años fue pionero de la Zumba en Cali; un joven de Buenaventura, que lo arriesgó todo para cumplir sus sueños y conseguir su felicidad.
 
Los árboles del Parque del Ingenio fueron su techo, los habitantes del sector su familia y sus sueños el mayor objetivo. Para Andrés, hombre de piel morena, sonrisa agradable y personalidad arrolladora, cada paso le recuerda su historia y lo proyecta hacia su meta: cambiar vidas desde el baile. 
 
La sabrosura del Pacífico la lleva en sus venas y en el espíritu de líder, que por poco se pierde cuando ingresó a estudiar ingeniería topográfica, obligado por sus padres para mantener un estatus en la familia.
“Una carrera universitaria no sólo es estudio, es el centro de tu vida. No importa lo que hagas siempre y cuando sea correcto, lo importante es que disfrutes haciéndolo, de lo contrario terminarás siendo una persona amargada el resto de tu vida”, afirma.
 
En medio del contraste entre pasión y profesión, sus primeros pasos se dieron en el grupo de danza folclórica de la universidad, cuando tenía 18 años. Fue ahí cuando Andrés decidió dejar su estudio por hacer del baile su proyecto de vida, pero jamás pensó que sus padres se fueran a interponer.
 
Frente a esta reacción se fue a vivir con su pareja de aquel entonces, pero nada funcionó y las bancas del Parque del Ingenio empezaron a ser su vivienda.
“Mis zapatos ya estaban rotos de tanto caminar, había días en que me sangraban los pies y que no tenía ni donde bañarme”, recuerda. Empezó dando clases de baile a tres personas en ese parque y si el día lo llenaba de suerte, sus alumnas le permitían asearse en sus viviendas.
 
 
Cuando reunía 5.000 pesos sentía que era la salvación: “Yo no lo hacía con el fin de lucrarme, simplemente bailaba porque me gustaba y porque es lo que me hace feliz, de esa manera podía olvidar tantos problemas”.
Con el paso de los meses ya no eran solo tres alumnas, el grupo  lo conformaban más de 50 personas, así que decidió cobrar por cada clase para sostenerse.
 
“Yo subo a la tarima y me desconecto, disfruto mucho lo que hago, tal vez la gente sienta eso y por eso al final de la clase me agradecen, tengo testimonios de personas que han mejorado su salud gracias al baile”, dice Andrés.
Ante tanto éxito, decidió alcanzar su certificación de Zumba, invitación que le hizo Beto Pérez, creador de esta disciplina fitness. “Viajé a Estados Unidos con solo 100 dólares, reunidos por mis amigos”, revela.
Con la certificación de instructor de Zumba y con más proyectos por cumplir, Andrés creó su empresa Bailar Para Sanar, “el lema de mi organización nace de ver el resultado que lograba en la gente al final de la clase”.
Andrés ha viajado por más de 7 países gracias a su trabajo. El camino de la vida le enseñó que no sirve de nada estar con rencores. Ahora, no le tiene miedo a los problemas y tiene muy claro que bailar no tiene edad, no tiene momentos, no tiene condición, porque cuando hay pasión no se baila con los pies, sino con el corazón.
 
 
 

  Stephanie Marín