LA SOMBRAS DE DOS ASESINATOS SOBRE DOS ELECCIONES

La entrada del COVID-19 en la escena electoral norteamericana detuvo la caída de los demócratas, divididos entre los sanderistas (“izquierdistas”) y los bindelistas (“moderados”). Por ello, la Casa Blanca insistía en una campaña ininterrumpida pues todo llevaría a Trump a su segundo mandato, cosa que no dudaba.  

El COVID-19, que ha tenido un tratamiento errado en los EEUU -con un costo de 2,1 millones de contagios y más de 115.000 muertes, según monitoreo de la Universidad de John Hopkins,-  inigualable para tiempos de paz, y ha llevado a serios cuestionamientos políticos, tanto al gobierno norteamericano, como a otros gobiernos en el mundo como México, Brasil, Ecuador y España, por sus erráticas políticas de salud en esta coyuntura.

En Estados Unidos se situó por la variable COVID-19 con un desempleo en niveles históricos y aunque el regreso al trabajo - para muchos aceleradamente-, muestra una recuperación en el empleo según oficina de estadísticas del trabajo de los Estados Unidos encendió alarmas  ya que es muy sensible en la política norteamericana.

Como resultado de lo anterior, en abril y comienzos de mayo se mostraron indicios de una tendencia a la baja de la intención de voto republicano; de ahí el insistente propósito del gobierno en reactivar la economía, como lo están haciendo, aun al precio de la salud pública, en especial de sectores menos favorecidos en contagiados y fallecidos.

La respuesta del gobierno fue acusar a China desde el inicio de la pandemia, de una responsabilidad como creadores y del encubrimiento de información sobre el virus. De lo primero no hay pruebas; de lo segundo soy un convencido de que sí es así. Esa acusación ha llegado hasta la separación de EEUU de la Organización Mundial de la Salud, por su supuesta complicidad con China, haciendo responsable a la OMS de la entrada del virus en el país.

La salida ante la crisis social y económica, que amenaza la continuidad del grupo de poder en la Casa Blanca. es lograr un cambio de mirada sobre la realidad; es llevar al electorado a donde se quiere, mucho más en una sociedad que tiene una cultura política baja y profundamente conservadora. La opción es un conflicto externo: ¿Venezuela?, o una crisis interna.

La primera vía produciría más muertes y una salida incierta. La segunda sería generar un problema que desplazaría al COVID-19 de la agenda y traería otro, que convocaría nuevamente a los votantes incondicionales y a los dudosos de la continuidad de gobierno. Debería ser muy fuerte, sin importar los daños colaterales.

Es cuando aparece en escena George Floyd, que provoca fuertes reacciones a un problema estructural, como es el racismo.

 

 

Protestas en la  cercanía Casa Blanca  (Fuente Reuters)

Las protestas justas en todo sentido, han puesto a jueces de la Corte Suprema a replantearse la “inmunidad” al accionar policial y en el Congreso ha acercado a republicanos y demócratas en una reforma exprés a la política del trabajo policial. Son muestra de que la protección del status quo prevalece ante un fuerte temor en una sociedad polarizada y mediáticamente golpeada por dos infodemias; la del COVID-19 y las protestas. Los supremacistas, racistas, profundamente conservadores, con otros sectores, sienten su sistema de valores amenazado por la anarquía, la violencia desmedida, incontrolable, de algunos grupos y ahí delante están unas elecciones que le podrían dar nuevamente el poder a quienes situaron en el pasado a un presidente afroamericano.

Todo ello junto a posturas de militarización de ciudades, respuestas de ojo por ojo del presidente contra toda lógica de diálogo hacen pensar que pudo haber una estrategia de agenda oculta en el asesinato de G. Floyd para unir a los fieles fundamentalistas religiosos, los amantes de las armas, políticas antinmigrantes y segregacionistas; los grupos conservadores en general.  El fin justificaría los medios.

Suena a teoría conspirativa, puede ser, pero en norteamericana en el año 1968, cuando llegó al punto más crítico el movimiento antibelicista y de los derechos civiles en plena Guerra Fría, justo allí, asesinaron a Martin L. King. Las protestas fueron similares a las de Floyd, la resultante fue que las elecciones de 1969 un voto conservador, de mano dura: se eligió a Richard M Nixon.

La muerte de Luther King fue “la solución” para movilizar, desde el miedo, al poder blanco y conservador. ¿Por qué la de Floyd no va a serlo ahora?

 

 Pedro Pablo Aguilera

@ 84179