Gabo

"La ética debe acompañar siempre al periodismo, como el zumbido al moscardón"

EL DÍA QUE LAS ARMAS SE ACABARON

Una ilusión llamada guerrilla.

 

Eran las 2:30 de la madrugada. ‘Libardo Cepeda’, de 16 años, llegaba a Peñas Blancas con sus primos, ‘Chuqui’ y ‘Pescao’, después de trasegar durante cinco horas por las montañas que colindan con los Farallones de Cali, cuando fueron sorprendidos por una lluvia de morteros.

“Todo el mundo gritaba: ¡a las trincheras! y yo no sabía qué era una trinchera. Estaba novato, vi que todo el mundo se levantaba y corría, escuchaba el ¡bum! de las explosiones, cimbraba la tierra; yo dije: ‘me mataron’, porque no podía ni pararme”, relató.

Una semana antes había conocido a Wilmer, un miliciano de Siloé -Comuna 20, en Cali-, zona reconocida por las fuertes confrontaciones armadas entre paramilitares y guerrilleros urbanos, por el territorio, que dejarían como resultado una cifra disparada de muertos en 2001.

 
La paz trae consigo la posibilidad de sentirse feliz, eso es lo que hoy siente Libardo cuando tiene la oportunidad de contarnos su historia cuando las armas ya se habían acabado en su campamento.

 ‘Libardo’ los observaba en el barrio: “Las milicias hacían cosas buenas, llegaban compañeros de la guerrilla y daban instrucciones políticas a los milicianos. Un día escuché una charla y dije: quiero ser miliciano, quiero ser guerrillero. Mis primos y yo estábamos muy pequeños pero queríamos irnos a la guerrilla, yo vivía en la casa de ellos y mi tía era muy pobre”.

Wilmer accedió a hablar con sus superiores para evaluar la posibilidad de dejarlo ingresar; le pidieron investigarlo. Pasada una semana, lo contactó:
-¡Dijeron de arriba que sí, que se va para allá!

-¿Cuándo?

-Mañana por la mañana, llegá a Peñas Blancas y preguntás por un señor que se llama Jagler.

-¡Ah listo!, me voy.

“Nos dieron de a 100.000 mil pesos a cada uno, eso era un platal”, relató ‘Libardo’. Al llegar al lugar acordado, los tres adolescentes se encontraron con JJ, “un señor altísimo, grandote, bien escoltado, todos estaban armados; comenzamos a animarnos al ver fusiles y gente camuflada; pensábamos que los guerrilleros eran unas personas que llegaban y bajaban a los pueblos encapuchados, que eran respetados y todo el mundo les temía por ser un grupo armado, pero nos estrellamos porque no era así”.

Cuando empezó el bombardeo, JJ llevó a ‘Libardo’ y a sus primos a una trinchera; tuvieron que ocultarse en los matorrales esperando a que el ejército se retirara de la zona. Cuando la balacera terminó ya eran las seis de la mañana del día siguiente; fueron a tomar tinto para pasar el primero de muchos sustos que ‘Libardo’ viviría en medio de la guerra.

Hoy, las zonas Veredales de transición y normalización guerrillera, ya no existen, ahora las Farc, construyen en sus territorios las ‘Aldeas de Paz’.

“Me agarré a chillar y a pedir mi salida, porque yo vi eso muy duro, les dije que me mandaran para mi casa, que ya no quería estar más ahí, entonces dijeron: “no, mi viejo, aquí no le dan la salida, usted ya nos vio la cara y eso es complicado”. Fui a hablar con JJ.

-Usted está triste, ¿cierto?

-Sí, camarada. Yo me quiero ir para mi casa, mándeme pa’ mi casa- le dije.

Se quedó pensando y me respondió:

Vamos hacer una cosa, si en 8 meses usted sigue triste, yo lo mando para la casa.
Cuando el plazo de los ocho meses se acabó, Libardo ya vivía el “amor a la causa”, que determinaría sus próximos 17 años como combatiente en las Farc.
El reencuentro.

En 2004, tres años después de su ingreso a la guerrilla, tal y como se lo había prometido JJ, se le permitió salir del campamento, ubicado en el occidente de Buenaventura, para visitar a su familia en Siloé. Se encontró con su papá, estaba sentado en una tienda, tomando cerveza; “le toqué la espalda y le dije:- ¡señor, no tome tanto! Él contestó: - Este parece hijo mío. Yo le dije: -¡Quién va a ser! Me miró impresionado: ¡Uy es el hijo mío! y me abrazó”, recuerda ‘Libardo’ mientras se carcajea.
A su mamá no le gustan las fiestas y al llegar a casa se encontró con una multitud que le mostraba una razón para celebrar.

Cuando ella lo vio sentado en el sillón se quedó en silencio, mientras se borraba el rostro triste que mantuvo durante los tres años que su hijo estuvo desaparecido:

“Me abrazó, y se agarró a llorar. Yo también la abrazaba.

¡Mamá!, malo si no estoy, malo si estoy ¿por qué llorás?

Mijo, yo no sé si estoy llorando o estoy alegre”.

  Olga Behar - Directora Utópicos     

  Carolina Ardila - Docente Humanidades