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MISHA RENACE

Su cuerpo desaliñado, sus ojos, azules como el mar, perdidos por la humareda y el efecto de la droga, hicieron de Misha un joven sin sentido ni dirección. Embargado por la conciencia que maquinaba en su cabeza con gran incertidumbre, tocó fondo con sus errores y culpas. Además, el recuerdo de su madre le producía gran nostalgia, que borraba con el consumo en cuestión de segundos. Este hombre altísimo de 26 años adjudica su drama al gusto por las melodías del Heavy Metal y el Rock, y a la pérdida de su gran amor, hace ya 7 años.

 

Hoy luce sano y bien arreglado. Resaltan sus ojos azules y el corte de pelo a ras

También influyó el desarraigo cuando, siendo apenas un niño, su madre lo arrancó de su natal Croacia en busca del sueño americano. Por un mejor futuro, arribaron a la ciudad de Cali. Las costumbres metaleras y roqueras de Misha no eran aceptadas por su madre y decidió irse de la casa, refugiándose en la calle de los vicios, donde conoció y empezó a experimentar la oscuridad del humo, convirtiéndose en prisionero del bazuco por ocho largos años.

Días y noches, unos calurosos, otros de fuertes lluvias, recibían a Misha, quien deambulaba por las calles o permanecía sentado en las esquinas de algunos locales comerciales; dormía en andenes con un girón de telas viejas que lo abrigaban pero solo alcanzaban a cubrir la mitad de su cuerpo monumental. Cuando Misha rebuscaba en sus bolsillos alguna moneda y no la encontraba, se dedicaba a vender chicles en los semáforos, o con un palito golpeaba las llantas de los carros, para conseguir unos cuantos pesos y satisfacer sus ansias desenfrenadas de consumo.

       
                                                 Los talleres y ventas del centro eran su hogar, cuando la droga lo alejó de sus seres queridos.

En 2014, Utópicos lo encontró una de esas calles. El periodista Diego Rizo relató que “habita en una olla del centro, en el barrio San Bosco, donde la miseria abunda y la dignidad humana no existe, despierta con frío y, desayuna con droga, busca monedas en un semáforo cuando los pájaros hacen su primer canto, regresa a drogarse y después cambia el punto de trabajo”. Además, “a veces come, pero eso depende de lo que le ofrecen los vecinos, vive en un estado fisiológico al que el bazuco fácilmente engaña. No le interesa ser discreto y se droga delante de cientos de personas que se muestran indiferentes”.

Así lo veían los caleños en la calle, cuando pedía limosna para drogarse


Ocho años después del comienzo de su tragedia, mientras Misha se encontraba en una de las calles del centro de la ciudad dándose tres pipazos para empezar su rutina, se le atravesó un ángel que cambiaría su existencia. Freddy Pérez, de la Fundación Pips, le propuso iniciar el proceso de rehabilitación. En esta ocasión, las palabras de Freddy sí penetraron los oídos de Misha, a quien la nubosidad que afectaba sus ojos se le fue despejando para encontrar la luz en aquel camino que ya daba por perdido.
Han pasado cuatro meses desde que Misha comenzó a asistir a la fundación; ya ha aprendido a hablar con Dios, a manejar la ansiedad y está decidido a no volver a consumir la droga que lo tenía cautivo, que –dice- ya no le hace falta.

La voluntad de Misha para recuperarse lo ha llevado a desintoxicarse de la vida callejera y en sus pensamientos hay grandes sueños y metas por cumplir. Una de ellas es reencontrarse con su madre para pedirle perdón, además estudiar en el Instituto de Idiomas de la Universidad Santiago de Cali y dar conferencias a los jóvenes para que no se acerquen al mundo de las drogas.

“No la prueben, porque al principio es un juego, una diversión, una fiesta, después es una dependencia y un caos sin poder salir, se van a encontrar en una adicción donde van a perder a toda su familia; empiezan con la marihuana y terminan con el bazuco. Para los que consumen y son adictos, sí se puede salir, solo hay que tener voluntad y mucha fe en Dios”, afirmó Misha en diálogo con Utópicos. Hoy, es un hombre renovado, es el croata que deja un mensaje de esfuerzo y valentía, para demostrar que sí hay libertad, después del infierno que puede carcomer el alma.

Con una mezcla de sentimientos, Misha lee el artículo que publicó Utópicos hace ya 3 años.
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  • Dormía en andenes con un girón de telas viejas que solo alcanzaban a cubrir la mitad de su cuerpo monumental

    “Al principio es un juego, una diversión, una fiesta, después es una dependencia y un caos”: Misha.

  

 Ana María Serna