Me invitaron al estadio. Lo reconozco, hace rato no le boto platica a la ‘mechita’. El parche era familiar, con una boleta entraban dos adultos y dos menores de 13 años.

 MARÍA FERNANDA CHAVARRO / COORDINADORA DEL ÁREA PUBLICITARIA DE LA UNIDAD DE COMUNICACIÓN FCP

@maferchalo

Especial para Utópicos Web 2.0

En la fila de norte, que denominé ‘Bienestar Familiar’, le resultaban parientes a todo el mundo, los cuales pagaban diez mil pesos por el cupo a quienes no llevaban el combo completo; por supuesto, siendo nosotros tres -mi novio, su sobrino y yo- terminamos con una "prima" que al pasar todos los controles supimos que rondaba los 17 años.

De control en control no tuvimos en cuenta un detalle al entrar y es que las correas no son bienvenidas al lugar, por aquello de que uno termine ‘cascándole’ a otro por desacuerdos futbolísticos. Después de intentar que un tendero le guardara el artículo a mi enamorado, terminó en lo que pensábamos: a buen recaudo en las manos de un policía bachiller, que prometió devolverla al final del cotejo. Lejos estábamos de imaginar el desenlace de la noche.

La tribuna norte nos dio la bienvenida en medio de los vendedores de maní y mango biche; ellos, curtidos de mil partidos, se paseaban entre los "hinchas" adolescentes que cantan y gritan sin saber en qué va el encuentro. Un buen primer tiempo para el rojo presagiaba con esperanza la posibilidad de regresar a la Primera División del Fútbol colombiano que aunque no es la panacea, se extraña.

En el entretiempo, los tres decidimos cambiarnos de lugar y ubicarnos en lo alto para ver mejor el juego. Digo los tres, porque Alejandra, nuestra "prima", se esfumó al entrar, eso sí luego de pagar los cinco mil pesos que se le cobraron por ser parte del núcleo familiar y disfrutar los beneficios de la boleta mágica.
A eso del minuto diez de iniciado el segundo tiempo la mecha desperdicia la oportunidad más clara de la noche, esa que es imperdonable y de allí en adelante una serie de errores en defensa nos llevan a recibir el gol del Bucaramanga; como resultado de esto, el equipo pierde el rumbo y juega errático sin concretar.

Con un partido poco atractivo, los "pelaos" de la tribuna norte aprovechan el descuido policial y se cuelan hacia oriental en una carrera desenfrenada hacia la euforia de la barras de sur. Más allá un aficionado salta a la cancha seguido por los sureños camino a la pista atlética.

En medio de la lluvia y el desespero policial que de manera poco estratégica recurre a quitar trapos, en norte se genera el caos y disgusto de la masa. Para ese momento, lo que era el parche familiar termina en el llanto de niños y niñas asustados que no entienden por qué ir a fútbol es quedar en medio del descontento generalizado; porque en parte, todo el desorden fue ocasionado por la impotencia que sienten los hinchas al tener que "mamarse" en medio de burlas otro período en la B.

No se trata de justificar las acciones de los desadaptados porque del todo serán condenables, pero sería bueno saber qué otro recurso tiene el hincha rojo para calmar su frustración futbolística, más allá de mentarle la madre al presidente del equipo en su palco y acabar con el estadio además de zonas aledañas.

Después de diez minutos de suspensión del juego los agentes del orden nos ubicaron en la tribuna oriental para terminar de ver una disputa que con un único gol y la expulsión de un rojo, ya había sellado su triste desenlace. A las afueras del Pascual Guerrero se escuchaba caer las bardas de seguridad y el inconfundible sonido de gases lacrimógenos, era tiempo de la retirada. No quedaba otra opción que salir resguardándose, hablando de las oportunidades perdidas y de paso buscando al policía bachiller que, con el número 321500 en su chaleco, cuidaba la correa sin salvoconducto para entrar al San Fernandino; del polocho ni la sombra y es que de seguro fue uno de los que como parte del refuerzo invadieron la pista atlética buscando calmar a la turba que pedía "huevos" y fútbol al equipo escarlata.

De camino al parqueadero esquivando a los afectados por los gases y a grupos inconformes, pensaba en los beneficios de ser hincha americano entre los que se destaca la gran insensibilidad que se desarrolla ante la pérdida y la tristeza futbolística.

Saldo de la invitación, un equipo en veremos, huir de los desmanes de los inconformes y una correa menos.