Camina varios pasos por la sala de su casa, entre sombras visualiza la silueta de un hombre que se abalanza sobre ella y la arroja de cara contra el piso de madera, patea su rostro varias veces, luego saca un cuchillo y se dispone a degollarla; en ese momento Olga Libia despierta y estalla en llanto.


Por Jamir Mina Quiñónez
Comunicador USC

Las pesadillas son repetitivas desde hace un año, cuando su existencia dio un giro impensado. Por varios días, Olga figuró en los noticieros del país, y no precisamente por hechos positivos, su vida se convirtió en una cifra más de una sociedad indolente; para muchos solo fue otra mujer atacada con ácido.

Evoca momentos en Policarpa, (noroccidente de Nariño) donde nació y vivió feliz hasta que el destino le arrebató casi todo lo que tenía y la dejó sola con su hija de nueve años; allí vivía con tranquilidad, tanto así que la vocería de la comunidad -como presidenta de la Junta de Acción Comunal- estaba en sus manos.

Ahora no hay amigos ni familia, tampoco presidencia y mucho menos tranquilidad, todo quedó sepultado cuando una madrugada sintió pasos en su casa mientras dormía en la cama con su hija. No sospechó la maldad que la rodeaba y caminó varios pasos por la sala, hasta que sintió cómo alguien le arrojaba, con rabia depravada, una sustancia que le quemó la cara, el cuello y parte de sus brazos; cayó tendida en el suelo de madera, el ardor no la dejó reaccionar.

Sus vecinos oyeron gritos desesperados y salieron a su auxilio; la comunidad no es tan grande, y tal es el grado de confianza entre ellos, que las casas no tienen puertas, ni ventanas.
“No pensé en lo grave que podía ser, sentía los quemones insoportables, mi familia me trasladó a Pasto; me vendaron la cara y casi todo el cuerpo; llegaron muchos medios de comunicación, me tomaban fotos y me hacían entrevistas, salí por todos los canales”, recuerda Olga.

El dictamen médico indicó quemaduras de tercer y segundo grado en brazos, cuello y cara. Al salir del hospital, el miedo no la dejaba siquiera caminar, no quiso regresar al pueblo y empacó sus pocas cosas, agarró a su hija y, con rostro y cuello tapados por un chal que la acompaña a donde vaya, se embarcó en el primer bus con dirección a Cali.

“Lo más duro fue ver a mi hija a los ojos, yo tenía la cara vendada. Ella me preguntó: ‘ qué te pasó, quién te hizo eso’, yo no supe qué responderle y me puse a llorar”, relata.
Haber quedado con el rostro irreconocible no fue lo más duro; al llegar a Cali, el problema era conseguir dónde vivir. Una vieja amiga les brindó posada por unos días, pero luego argumentó problemas económicos y le pidió que abandonara su casa.

Con los pocos ahorros que tenía alquiló un cuarto en un barrio marginado y cuando sus heridas le permitieron salir, consiguió un trabajo, pero la paranoia trazó su destino.

Desde el día del ataque, Olga no pudo volver a caminar sola por la calle; sus miedos la llevan a un colapso emocional que por lo regular siempre termina en una hospitalización.

En las noches me levanto casi veinte veces a mirar si está bien cerrada la puerta, escondo las llaves y en cada levantada cambio el escondite”, comenta Olga, quien no volvió a caminar en las calles con su hija por temor a ser atacada en presencia de la menor.

El atacante no solo le arrojó ácido aquella noche, también terminó con su vida, la alejó de sus familiares, la desplazó de su territorio, la invadió de miedo y le clausuró los momentos felices con su pequeña, su gran motor de vida.

La sicóloga Claudia Lorena Tovar afirma que las víctimas de este tipo de ataques desarrollan síntomas de estrés postraumático que las lleva a alejarse de sus seres queridos y repudiar a la sociedad, con una desestabilización emocional que las puede conducir incluso al suicidio.

Afortunadamente, Olga no contempla acabar con su vida, pero sí siente rechazo por muchas cosas que antes la apasionaban, ahora su transcurrir se resume en el chal que tapa sus partes afectadas; no sale de día, y de noche duerme por minutos, los que dura la repetitiva pesadilla que la despierta más de veinte veces: vive entre las sombras del pasado, el infortunio del presente y la desilusión del futuro.
“Cuando me ve llorar, mi hija me dice: mami, no te preocupes, no llores, que cuando sea grande voy a trabajar muy duro para que te puedas operar y ya no tengas eso en la cara”.
Según Olga, un ataque con ácido es el arma más letal contra un ser humano, le corta las esperanzas y le cambia la vida hasta el punto de relegarlo a una pelea difícil de ganar: la disputa contra el mismo ser, una lucha interna que en la mayoría de los casos termina en pérdida total.

Ahora, ella trabaja en una cafetería, aunque se asusta cada vez que alguien la sorprende distraída y su sistema nervioso empieza actuar negativamente.
Las ganas de superarse por el bienestar de su hija la llevan a pelear contra sí misma, su deseo es vivir tranquila y en paz, que los atemorizantes recuerdos del pasado cesen y poder disfrutar de la vida como lo hacía antes.