Serie: El clan de los Doce apóstoles (Parte 3)

Utópicos web 2.0 reproduce 3 capítulos del libro "El Clan de los Doce Apóstoles" (Ícono Editorial, 2011) escrito por nuestra directora, Olga Behar, que permiten explicar los hallazgos de la Fiscalía en el caso tan sonado. Hoy:

 Capítulo III: La Carolina

Para llegar a La Carolina, es necesario trasladarse desde Medellín por una autopista que comunica la capital an­tioqueña con la zona del nordeste enmarcada por los municipios de Yarumal y Santa Rosa de Osos. Si se sigue esa ruta, la carretera llega hasta el municipio de Cauca­sia, rumbo hacia la costa caribe.

No hay que internarse en las montañas pues, unos quince kilómetros antes de llegar a Yarumal, en una zona conocida como Llanos de Cuivá, al lado izquierdo de la vía aparece como custodiado por un letrero que reza «Ge­ neramos empleo, construimos paz» el portón principal de esta hacienda de magníficas tierras para la agricultu­ra y, en especial para la ganadería. La conforman varios lotes agrupados que suman cientos de hectáreas, según un reciente certificado de tradición y libertad de matrícu­ la inmobiliaria de la Oficina de Registro de Instrumentos Públicos de Yarumal.
El 2 de marzo de 2007, la entonces secretaria de la Cámara de Comercio de Medellín, Gloria María Espinosa Alzate, expidió un certificado que resume de manera fidedigna la propiedad de la familia Uribe Vélez sobre la hacienda La Carolina.

Allí se aclara que Santiago Uribe Vélez, identifi­cado con cédula de ciudadanía 3.567.561 actuó como li­quidador de la Sociedad Agropecuaria La Carolina Ltda., dueña de la finca. El proceso culminó mediante Escritura Pública Nº 1977 de septiembre 10 de 2002, de la Notaría Séptima de Medellín.
Ese día se cumplían treinta y tres días del ascenso al poder de su hermano, Álvaro Uribe Vélez. Pero el co­mienzo de la historia de La Carolina se delineó veintiún años atrás, el 7 de octubre de 1981, cuando en la Notaría Catorce de Medellín se efectuó el siguiente nombramiento: 

gerente: Alberto Uribe Sierra suplente primero: Rafael J. Mejía Correa suplente segundo: Andrés Ángel Vásquez

Era uno de los prósperos negocios del patriarca que sabía hacerse acompañar de gente «bien» de Medellín, como indudablemente lo eran Mejía Correa y Ángel Vásquez. Ya para entonces, la fortuna de Uribe Sierra era incalcu­lable. Y las sospechas sobre la procedencia de su capital crecían como la espuma.
En su libro Los jinetes de la cocaína, el reconoci­do periodista del diario El Espectador, Fabio Castillo, afirmó que Alberto Uribe Sierra estaba vinculado con el narcotráfico y junto a sus parientes, integraba el Clan de los Ochoa. Sobre ellos se aseguraba que desde 1981 habían conformado un grupo paramilitar conocido como Muerte A Secuestradores (mas).

Aquí podríamos establecer un primer origen de la máquina narcoparamilitar que estremeció a Colombia durante las últimas tres décadas y cuyos estertores todavía se sienten en varias zonas del país.
Según el libro de Castillo, Uribe Sierra fue detenido con fines de extradición a Estados Unidos en 1982, pero gracias a la acción de su hijo Álvaro, quien habría logrado manejar al entonces secretario de Gobierno de Medellín, Jesús Aristizábal Guevara, se pudo conseguir la liberación de su padre.
Pero Uribe Sierra no pudo disfrutar mucho tiempo de La Carolina y de otras veinticuatro propiedades que adquirió poco a poco en esa misma época, pues al caer la tarde del 14 de junio de 1983, fue asesinado en extrañas circunstancias en un enfrentamiento cuando un grupo de guerrilleros del V Frente de las FARC llegó a otra de sus haciendas, La Guacharaca, y aparentemente intentó secuestrarlo.
Según Joseph Contreras (editor para América La­ tina de Newsweek) y el brillante periodista colombiano Fernando Garavito, quienes publicaron el libro El señor de las sombras. Una biografía no autorizada de Álvaro Uribe, no sólo existe la versión sobre la acción atribuida a unos veinte guerrilleros de las FARC. También se habló en ese entonces con insistencia de un «ajuste de cuentas» por dineros del narcotráfico y de que los hombres arma­ dos mencionaron, al irrumpir en la hacienda, que iban a tratar con Alberto Uribe «unos asuntos».
Contreras y Garavito recopilaron mucha información que apareció por esos días en los principales perió­dicos del país. Entre ellos, una publicación del periódico El Tiempo en donde se relataba que quince minutos antes del enfrentamiento, llegó a La Guacharaca un helicópte­ro Hughes 500 con Uribe Sierra y dos de sus hijos, María Isabel (de veinticuatro años) y Santiago (de veintisiete). Pues bien, según el reporte mediático, el helicóptero, avaluado en veinte millones de pesos de la época, fue incendiado por los guerrilleros luego de que asesinaran a Uribe padre. Santiago escapó del lugar. Segundos antes, había intentado repeler a los guerrilleros con su arma corta desde el segundo piso de la casona, pero al ver lo infructuoso de su intento, corrió por la parte trasera huyendo.

Según un perfil publicado al día siguiente por el periódico El Mundo, los guerrilleros se dieron cuenta de su huida y lo persiguieron, pero Santiago logró atravesar un río y ponerse a salvo. Sin embargo, fue herido por los disparos de los subversivos. Según el dictamen médico, un disparo ingresó a su cuerpo por un costado y le rozó el pulmón. Malherido, quedó a la orilla del río. Con una lucidez impresionante, les aseguró a los guerrilleros que lo abordaron y encañonaron que era un comprador de ganado y que por casualidad estaba en el lugar equivo­cado cuando se produjo el enfrentamiento. Los insurgentes no lo reconocieron; sólo atinaron a decir: «Se perdió el viaje», y lo dejaron allí mismo. Un campesino lo recogió en medio del monte y lo llevó hasta el hospital de Yolombó.
Dos horas más tarde otro helicóptero, del que luego se estableció pertenecía al entonces congresista Pablo Escobar, despegó del aeropuerto Olaya Herrera con destino a la hacienda. Allí iba Álvaro Uribe, quien salió al rescate de su hermano; pero supuestamente por mal tiem­po, no pudo aterrizar y recoger al joven hacendado.

Santiago fue finalmente trasladado en una ambulancia de la Cruz Roja hasta Medellín. Fueron más de cien kilómetros por tierra, en los que el herido estuvo entre la vida y la muerte, a punto de terminar desangrado. Incluso, tuvieron que hacer una escala en Cisneros para someterlo a una transfusión de sangre. Luego, en Medellín, su ju­ ventud favoreció el proceso de curación.

Pero el tema de los helicópteros siguió sonando. Al día siguiente, el periódico El Mundo reportó que la aeronave de Escobar en la que viajó Álvaro Uribe había recibido autorización para despegar, después de su propia gestión para que se le otorgara el permiso.
En La Guacharaca yacía el cadáver del patriarca, con dos tiros (uno, con seguridad, en el cráneo; pero so­ bre el segundo hubo dos versiones: en la cabeza y en el pecho). Alberto Uribe Sierra fue velado y enterrado en los exclusivos Campos de Paz de Medellín. Ambos aconteci­mientos fueron multitudinarios, al punto de que colapsó el tránsito automotor de la ciudad. Hasta allí llegaron per­sonalidades como el entonces presidente de Colombia, Belisario Betancur, y lo más granado de la sociedad antio­queña. Pero según el periodista Fabio Castillo, no todo el mundo estaba conforme con el homenaje; hubo críti­cas al hacendado, considerando que su repentina muerte era producto de sus vínculos con el narcotráfico.
Aparentes vínculos que siguieron empañando su imagen, aun después de su muerte. Nunca se ha consi­derado una coincidencia algo que ocurrió nueve meses después, el 10 de marzo de 1984, durante un allanamien­to al complejo cocalero de Tranquilandia, ubicado en las selvas del Yarí, departamento de Caquetá y de propiedad de los capos del Cartel de Medellín Pablo Escobar, Gon­zalo Rodríguez Gacha y los hermanos Ochoa. Además de los diecinueve laboratorios de procesamiento y las 13,8 toneladas de cocaína –avaluadas en 1,2 millones de dó­lares– los agentes de la DEA y de la Policía de Colombia encontraron varias aeronaves, entre ellas un helicóptero Hughes 500 de matrícula a hk 2704x. Las primeras pesqui­sas llevaron al nombre de Alberto Uribe Sierra, uno de los socios de la empresa Aerofotos Amórtegui Ltda., propie­ taria del helicóptero. Se trataba de la misma nave en la que Alberto Uribe y sus hijos María y Santiago habían vo­lado hacia la hacienda La Guacharaca y que había sido seriamente averiada por los guerrilleros de las FARC des­pués del asesinato del patriarca.

Entre todas las propiedades que heredaron los Uribe Vélez estaba el helicóptero en mención, del cual no volvió a saberse nada hasta el día del allanamiento a Tranquilandia. Los hijos de Alberto Uribe explicaron que el 6 de febrero de 1984, es decir, cinco semanas antes de la operación binacional en las selvas del Yarí, Jaime Al­ berto Uribe (hermano de Álvaro y Santiago) había entre­gado la aeronave como pago por una letra de veinticin­co millones de pesos, es decir, por una deuda millonaria del padre, pero que no habían hecho el traspaso del bien. Queda la duda de cómo un helicóptero que en buenas condiciones se avaluó en veinte millones de pesos se pudo vender por una suma superior, incluso con daños tan serios. Y se tiene la certeza de que nunca fue repa­rado, pues en abril 21 de 2002, cuando Álvaro Uribe era candidato a la Presidencia, en una entrevista para el pe­riódico El Tiempo, explicó que:

Mi padre fue socio de una empresa que tuvo un he­licóptero. Él tenía fincas en el Valle del Cauca, Urabá, Córdoba y en varias regiones de Antioquia. Utilizaba ese helicóptero para sus desplazamientos. Cuando la guerrilla lo asesinó, ese helicóptero quedó medio destruido y mi hermano Jaime finalmente vendió las acciones de esa empresa y esa empresa salió de los restos de ese helicóptero. Mi familia no lo tuvo en su poder. ¡Hombre, por Dios! Eso lo hizo mi herma­no Jaime y todos confiábamos en él, que se murió el año pasado de cáncer en la garganta… Después, la Policía decomisó ese helicóptero u otro con los mismos números.

Al morir Alberto Uribe Sierra, La Carolina continuó en manos de la familia Uribe. Era una de las consentidas, en especial de Santiago, que prácticamente se mudó a vivir a ese lugar. Pero no sólo era la favorita por la riqueza que representaba para el patrimonio familiar. Allí estaba es­ condido, según el siguiente relato, el centro de operaciones de Los Doce Apóstoles.
El mayor retirado de la Policía, Juan Carlos Meneses, tiene recuerdos nítidos sobre La Carolina:

«Usted llegaba a la hacienda La Carolina y encontraba gente armada, con fusiles y uniformados. Usted pensaba, “es Ejército”, pero no, al mirarles los fusiles r­15, o al verles el fusil Ak 47, se daba cuenta de que no eran soldados, esas son armas que el Ejército no manejaba. El Ak 47 es un arma de fabricación rusa, que normalmente usa la guerrilla y en esa época, el Ejército tenía fusiles g3 y Galil. Pero en esos tiempos, ni la guerrilla ni los paracos te­ nían capacidad para uniformar a veinte hombres con g3 o Galil. Ya con el tiempo los paramilitares se fueron con­ siguiendo buen armamento, usted veía a veinte o treinta paracos con Galil, pero la guerrilla nunca alcanzó eso, porque podrían tener un fusil, pero no conseguir la munición. A ellos les llegaba por camionados la 762 corta, que era para el Ak 47. Además, la guerrilla siempre tuvo en mente que el Ak era el mejor, ellos le tenían afecto a ese fusil. Uno identificaba cuándo se trataba de un paramilitar: uno con escopeta doble cañón, otro con g3, el otro con r­15, mejor dicho, ese armamento mezclado daba la idea de que era algo diferente a guerrilla o Ejército.

»Me vi varias veces con Santiago Uribe allí en su hacienda. Los dos primeros encuentros fueron reunio­nes más bien formales, que se realizaron en la sala de la finca. En la tercera ocasión, Santiago es muy cordial. Me invita a conocerla porque, dice, que le he colaborado mu­ cho. Lo primero que me muestra son unos radios de co­ municación, unos radios portátiles y otros con bases. Me dice: “Esto es para comunicarme con los grupos míos”. Y en la misma hacienda La Carolina me muestra una plaza de toros, de esas de toros de lidia, de toros miura, ahí es donde los preparan para las corridas de toros.

»Lo que me sorprende es cuando bordeamos la plaza de toros; detrás de ella me muestra una pista de entrenamiento para paramilitares, de las mismas que usa el Ejército, de esas que conocemos los soldados y poli­cías que tienen diferentes tipos de obstáculos, la escale­ra, la telaraña. Él me dice: “Mira, aquí es donde entreno a mis muchachos”.
»Allí era donde entrenaban físicamente a los que después participaban en las acciones ordenadas por San­tiago Uribe. Yo estaba aterrado, impactado, porque mien­ tras íbamos caminando por los terrenos, muy bonitos y bien cuidados, me decía que políticamente él estaba muy bien conectado, tanto así que su hermano, que había sido senador, tenía segura la Gobernación de Antio­quia. Me decía que tenía el apoyo de todo el mundo y yo entonces pensaba: “Esto está orquestado con todo el Go­ bierno, está amparado con los altos mandos militares”. Eso era lo que me decía.
»Y trataba de hacerme ver que los paramilitares necesitaban de la fuerza pública, que era una misma ideo­logía, decía que teníamos la misma tendencia, el mismo objetivo, que era desterrar a la guerrilla. Me explicaba en sus comentarios que la guerrilla la iban a acabar, que la iban a sacar de esa jurisdicción, que él tenía apoyo de los paramilitares que también se estaban gestando en Cau­casia, que en cualquier momento me hacía subir hom­bres. Me insistía en que estuviera tranquilo, que la misión de ellos era acabar a la guerrilla, que para eso él estaba preparando a sus hombres, que para eso él se estaba armando.

»Incluso me mencionó a unos cultivadores de papa que venían de La Ceja, Antioquia. Me explicó que venían a sembrar a tierras conquistadas, tierras que ellos ya habían liberado del flagelo de la guerrilla y que, como había tranquilidad, él ya los estaba invitando para que in­virtieran ahí y para que aportaran económicamente a la conformación del grupo. Por eso tenía la pista de entrena­miento, reunía plata entre los grandes hacendados, por eso se estaba armando, para estructurar su grupo paramilitar. Y después ese grupo creció mucho, ya se inundó por todo Antioquia, Córdoba.

»Luego del recorrido, ingresamos a la sala de la hacienda, un lugar muy bonito, tiene dos pisos y venta­nales amplios. Allí, Santiago me dice que me quiere mos­trar una lista. La saca del carriel –él siempre andaba con un carriel trenzado, al igual que con su poncho, botas de cuero y un sombrero. Al abrir el carriel, vi que tenía un radio portátil. Me la muestra y me dice: “Éste es el lista­do de personas que hay que acabar. Usted aliménteme este listado y yo le suministro también información. De tal forma que estemos sintonizados para saber quiénes son y quiénes son los que siguen”.
»La lista estaba escrita a mano, algunos nombres estaban tachados. Supongo que ya habían sido asesinados: “Mire, éstos son los que siguen, ellos poco a poco van cayendo”.
»La hacienda La Carolina siempre la cuidaban pa­ramilitares, incluso cuando estuvo el coronel Benavides a cargo del Comando de Policía de Yarumal. Es en ese lugar donde asesinan a una persona, a Vicente Varela. Después dirían que la guerrilla había ido a atacar la hacienda, pero la guerrilla no iba a ser pendeja de ir a atacarla, porque sabía que estaba cuidada por gente fuertemente armada y con la orden de responder ante cualquier sospecha. Santiago tenía sintonizadas todas las fincas, las tenía interco­ municadas, ahí no le iba a llegar guerrilla tan fácilmente.

»Posteriormente, el propio Álvaro Uribe dijo que allá sí apareció un muerto, pero que hubo un enfrentamiento con unos extorsionistas que llegaron. Varela era un vicioso de Yarumal que en el tiempo de Benavides había estado detenido tres o cuatro veces, por ladrón, ex­ torsionista, malandro, el tipo era mala gente. Usted tiene que ir uniendo los detalles, porque Santiago tenía una lista de malandros, de gente indeseable, de gente que se tenía que morir. Probablemente este muchacho estaba en ese listado, porque cuando yo lo vi era como de veinti­cinco y ya Varela había sido asesinado. Allí había guerrilleros, colaboradores de la subversión, era una lista de limpieza de Yarumal.
»Años después, en una reunión con el coronel Benavides, en la que yo hago una grabación, él me dice que quién va a creer que con ese fortín que tenía La Carolina, iba a ser pendejo este Varela de llegar allá a extorsionar. Lo que pasó con Benavides es que la embarró cuando lo llamaron para que resolviera la situación que se había presentado en La Carolina.
»Primero, no hizo un acta de levantamiento, fue un levantamiento irregular; segundo, el coronel Benavi­des, desde La Carolina, amarró el cuerpo del muchacho Varela al bumper de un carro que era de la sijín y le puse un letrero “Muerto por extorsionista”. Se lo llevó en la de­ fensa de ese vehículo y lo paseó por todo Yarumal, todos los habitantes del pueblo lo vieron. Al coronel Benavi­des le adelantaron una investigación pero a lo último lo exoneraron.

»En esa época murieron de manera violenta mu­chos expendedores de vicio y también viciosos. A él tam­poco le interesaba la presencia de extorsionistas, porque le fregaban a sus amigos, que eran los comerciantes o los ganaderos. Usted sabe que siempre la extorsión empie­za es con algún informante o alguien que es bandido y le cuenta a las FARC quién tiene plata. Se supone que Va­rela cumplía ese papel y aparece muerto en La Carolina. Cuando los superiores pidieron explicaciones a Benavi­des, él se justificó diciendo: “Es que yo estaba cerca y es­cuché los tiros y yo llegué allá”, o sea una historia chimba que no se la cree sino él.
»En la grabación, Benavides me dice que los extor­sionistas no iban a ser tan pendejos con ese fortín que es La Carolina, dijo: “Lo creen a uno bobo”, o sea da a en­ tender que lo asesinaron allá.
»Otro hecho que sucedió en La Carolina fue el de un muchacho, un soldado retirado, cuya denuncia hizo el padre Javier Giraldo, del cine P. A él lo reclutaron allá, pero tuvo problemas y después como que lo asesinaron. Ese es otro de los episodios oscuros en los que se nom­ bra La Carolina».

***

Hoy, de la historia de La Carolina queda la marca: un prós­ pero negocio, la cría de toros de lidia que engalanan la fiesta brava en Colombia. Según su información oficial, la divisa de la ganadería La Carolina, creada en 1991, es blanca, verde y roja. Se confirma que la compañía la rige la Agropecuaria La Carolina Ltda., como representante de la misma figura:


Santiago Uribe Vélez
Calle 49 No. 50-21 oficina 1707
Medellín, Colombia
Teléfono: (57-4) 251 5132
Fax: (57-4) 251 5136


El encaste de los toros es santa coloma1 y murube2 es hoy una de las ganaderías más exitosas del país, aunque San­ tiago Uribe cree que no constituye un buen negocio. En una entrevista que concedió en época reciente, afirmó que «los costos son exorbitantes. Es un hobby que nos cuesta mucho dinero».3
Sobre la propiedad de la hacienda, un certificado de tradición y libertad de matrícula inmobiliaria expedido


1.El portalvoyalostoros.com describe esta raza de la siguiente manera: «Los toros de santa coloma son cárdenos, entrepelados y negros de muy alegre embestida, lis­ tos, desigualmente encornados».
2.Los toros murubeños son en general bajos de agujas y de poca cabeza, astillanos, aunque a veces salen toros de cabeza acarnerada, con las defensas más desarrolla­ das y corniapretados. Suelen ser de vientre recogido y pezuñas pequeñas y su capa, prácticamente en exclusiva, es la negra. (Misma fuente).
3. http://www.larepublica.com.co/archivos/tendenciAs/2010-02-12/alhama­y­la­carolina­protagonistas_93112.php  por la Oficina de Instrumentos Públicos de Yarumal el 21 de enero de 2011 confirma que en el último trimestre de 2002, recién posesionado el entonces presidente Álvaro Uribe Vélez (para su primer mandato), su hermano Santiago vendió la sociedad propietaria del lugar. Hoy, sus dueños mayoritarios pertenecen a una familia de apelli­ dos Mejía Correa, la cual con seguridad da a esa hermosa finca un mejor uso que el que tuvo en la década de los noventa, de ingrata recordación para muchos habitantes de la zona de Yarumal.