CORINTO CAUCA PARTE 1. “No sólo vi la tragedia de frente sino también la solidaridad”: Mario Lince.

Dos días fueron suficientes para que Mario Lince se enfrentara a su primer cubrimiento sobre desastres naturales; ¿Quién iba a pensar que después de cuatro años cubriendo las noticias del Valle del Cauca hoy? Lince es egresado del Programa de Comunicación Social de la USC y reportero en la cadena radial RCN en Cali. Así relató a Utópicos su experiencia:

 

Mario Lince

 

El miércoles que llegué al municipio de Corinto, a las 4 de la mañana, fue toda una zozobra, una experiencia que nunca había cubierto: un desastre natural.
La primera sensación fue de desolación, confusión y desesperación, había una gran diferencia entre las cifras que manejaban las autoridades y lo que decía la gente. Estaba comenzando el barrido de todo, para poder determinar realmente qué había pasado en las veredas y en los cuatro barrios que fueron arrasados por la avalancha del río La Paila.

Hablaban de cuatro muertos, de un difunto que fue arrastrado por la avalancha en pleno velorio; luego, de 18 desaparecidos; después, que eran 12 muertos; todo era confusión, las autoridades trataban de hacer un balance real.

Me encontré muchas historias de gente que había advertido la avalancha; ese día, en Corinto, había un sol muy picante, decían los habitantes que picaba demasiado, pero hacia la montaña había una nube negra que se alcanzaba a ver desde el parque principal y desde la iglesia de Corinto.

 

 Desastres de la avalancha

 

Josefina vive en el barrio La Playa, fue la primera a quien entrevisté. Desesperada, llorando me decía que sus hijas, desde una vereda, le habían avisado para que tomara sus documentos y saliera de su casa, porque ya iba bajando la avalancha. Ella salió, literalmente, gritando por el barrio, para que todo el mundo saliera, que porque había una avalancha. La gente le gritaba que estaba loca, que ya iban a sacar los cuchillos y los tenedores para esperar a que bajaran las vacas muertas para comérselas. Se le burlaban, le decían que estaba loca, que cómo se le ocurría.

Ella decidió salir de allí con otra vecina -que sí le creyó-, y un par de niños, la avalancha bajó y arrastró todo lo que estaba en La Playa, un sector de invasión. Por el barro, las casas de esterilla quedaron destruidas.

A Rubén, habitante de una vereda, lo arrasó la avalancha 300 metros. Como pudo, logró salir del lodo y con mucho frío, casi desnudo, sólo con una pantaloneta que las aguas le dejaron, se subió a un árbol y ahí se resguardó por una hora, hasta que lo encontraron.

El lodo alcanzó una altura de 1.50 metros en muchas viviendas y en una de ellas me encontré a un hombre apodado ‘El mellizo’, que por evitar que inescrupulosos se llevaran las tejas de zinc de su casa, decidió dormir (en la cama que no se había mojado) en medio de las aguas estancadas y el lodo, para proteger lo único que le quedaba.

 

El rostro de la tragedia

  Muchos quedaron en la nada y ahora temen lo que va a                                 pasar después de esto

 

La familia de María Fernanda Usnas, es el rostro vivo de la tragedia. Ella vivía en la vereda Cañaverales con su hijo de 40 días de nacido; ambos fueron arrastrados por la avalancha, a su bebé lo encontraron en el sector de Hormiguero y a ella unos metros más adelante, en el río La Paila. Los dos, lamentablemente, fallecieron.

Haber encontrado a la mamá de esta muchacha enfrentando la realidad de no tener casa, ya no tenía su hija ni a su nieto, fue algo muy duro, el rostro de la desolación, de la desesperación de una familia, que se quedó sin absolutamente nada.

 

El segundo día.

La desesperación estaba ahí pero había una mezcla de solidaridad y de indolencia; por un lado, en las calles de los barrios La Playa y La Esmeralda, los habitantes reunieron lo poco que les quedó de alimento, lo poco que podían comprar en algunas tiendas, porque el comercio, a pesar de la situación, siguió activo. Comenzaron a hacer desayunos y almuerzos comunitarios, ¿qué almuerzo se hacía? lo que más rendía era sancocho, con algún hueso y arroz. De desayuno, un pedazo de pan, huevos pericos y arroz.

El arroz, así fuera una porción mínima, saciaba el hambre de los niños y los adultos. Por las calles de Corinto comenzó a verse gente con ollas –les llaman fondos- llenas de sancocho, hecho en leña porque no hay gas domiciliario, con el agua que se comenzó a distribuir en carrotanques, porque la bocatoma también quedó destruida.

 

Por las calles de Corinto comenzó a verse gente con ollas

 

Pero también estaba la indolencia; gente aprovechada que llegaba en las noches o en cualquier momento a las casas que sobrevivieron a esta avalancha y se llevaba lo poco que no se había destruido, como le pasó a John Jairo Ramírez, un hombre que fue arrastrado por la avalancha y quedó herido, siendo trasladado a un hospital. Al regresar a Corinto, emprendió la búsqueda de su esposa, Claudia, quien sigue desaparecida. Cuando llegó a lo que era su casa, en el barrio La Playa, se encontró con la desagradable sorpresa de ver que lo poco que había logrado salvar, nevera, televisor y hasta algunas prendas de ropa, los inescrupulosos se lo llevaron. Ahora, este hombre, cuya huella física se manifiesta en la cara raspada, recorre la zona buscando a su esposa, vistiendo las prendas de ropa que le regalaron y sin absolutamente nada en casa.

Muchos otros habitantes denunciaron el robo de sus objetos personales. Lo que no se llevó la avalancha se lo llevó la delincuencia, se lo llevó la indolencia. Habían ido a dormir al Coliseo confiando en que en sus casas no iba a pasar nada porque ¿quién se iba a meter a un lugar donde aún el lodo llegaba hasta las rodillas?, pero para los ladrones no fue impedimento para llevarse sus pertenencias.

Ahora, reina la zozobra. Muchos quedaron en la nada y ahora temen lo que va a pasar después de esto, porque quienes trabajaban como carretilleros, el que no cortaba caña sacaba hojas de coca, y ahora no saben cómo volver a empezar.

Además, la gente ya miraba dónde iban a volver a pasar la noche, teniendo en cuenta que sus casas quedaron averiadas o destruidas.

Para mí, como periodista, fue una experiencia enriquecedora porque vi que en esos momentos tan difíciles, la solidaridad y la esperanza por vivir, que es más fuerte que la tragedia, son las personas que buscan darme una mano y ayudarme a que las hagan hacer daño .

   Mario Lince 

 Edición: Johana Castillo