CORINTO CAUCA PARTE 2: Una tragedia para la que nadie estaba preparado

Las botas de caucho se hundían completamente en el lodo. Caminar era difícil; ver el panorama, peor aún. Algunos trataban de sacar sus enseres envueltos en un barro café que olía a tragedia; otros, desconsolados, no podían detener el llanto al ver sus casas atravesadas por árboles; y unos más, como yo, estábamos perplejos sin poder unir los vocablos para hacer la primera pregunta.

 

 olía a tragedia 

Nada era como se podría imaginar, era mucho peor. El lodo, con alturas hasta de un metro con cincuenta centímetros, había convertido a las calles en verdaderos pantanos.

La gente introducía palas para remover lo que el río La Paila había arrastrado desde la parte alta de la montaña. Cuando atardecía, el martes siete de noviembre, una avalancha abrió considerablemente el caudal del afluente y depositó sus brazos sobre los barrios El Pedregal, La Playa y La Esmeralda, así como en las veredas La Cristalina, Carrizales, Miravalle, Danubio, El Silencio y La Capilla.

 Avalancha

Hubo gente que alcanzó a evacuar y corrió por dos horas; aunque la avalancha ya no era amenaza, el miedo impulsaba sus cuerpos, y otros que no pudieron salir de sus casas soportaron la embestida de la naturaleza agarrados de las paredes, mientras rocas de hasta cinco metros de alto y árboles completos trataban de derribar lo que el hombre había construido con gran esfuerzo.

En varios puntos de esta sufrida tierra, que en el cercano pasado sufrió por los efectos del conflicto armado, 32 casas no aguantaron el hostigamiento (esta vez por parte de la naturaleza) y sucumbieron ante la avalancha.

Muertos, desaparecidos, heridos, cientos de lugareños sin hogar y la vereda Carrizales borrada, formaron una estadística de alrededor de 8.000 afectados.

Sin duda, era un panorama desalentador, que pude apreciar, con mis propios ojos, 13 horas después de la tragedia.

Los ojos de un reportero

Antes de llegar a Corinto imaginaba la escena: hacía planes para iniciar la reportería y hasta armé párrafos en mi mente para enviar el primer reporte antes de las 8:00 a.m. del miércoles, medio día después de la avalancha.

Jamir Mina 

Cuando llegué, todas las estrategias se esfumaron, con cada paso mis botas se quedaban enterradas en el lodo, la gente trataba de entrar a sus casas y, mientras asimilaba lo que estaba viendo, yo no lograba encontrar la forma de hacer la pregunta inicial.

Era mi primera reportería en una tragedia; hasta me sorprendió mi designación para esta tarea. Sabía que estaba preparado para cubrir algo así, lo que pensé fue que se presentara antes de cumplir mis primeros diez meses como periodista de El País, el principal diario del suroccidente colombiano.

Miré, me asusté, respiré hondo y me lancé al lodo con unas botas de caucho prestadas por un compañero que calza seis tallas menos que yo. A pesar del dolor en mis pies, el objetivo era encontrar las historias.

Sin importar dónde me diera el barro espeso, entré en muchas moradas. En algunas había motos partidas a la mitad, en otras era fácil tropezar con troncos de árboles en plena sala.

La gente me miraba y bastaba con eso para saber que querían hablar y desahogar su impotencia contra la naturaleza, pero también agradecer al Todopoderoso estar vivos.

 familia que lo perdió todo en el desastre natural de Mocoa

Encontré el relato de una familia que lo perdió todo en el desastre natural de Mocoa, el primero de abril de 2017, pero –por si fuera poco- fue perseguida por el infortunio y repitió tragedia, en la avalancha de Corinto. Con ellos entendí que siempre hay algo más allá: me atendieron amablemente a pesar del panorama y luego depositaron en mí los sentimientos que llevaban guardados siete meses.

“Es una cosa de no creer, en este año, dos tragedias muy similares han golpeado a esta familia; gracias a Dios, en ninguna de las dos hubo muertos. Mis allegados la sufrieron en abril en Mocoa y yo los recibí en mi casa, ahora me tocó a mí junto con ellos”, contó Alirio Melo, quien es oriundo del Putumayo.

Cerca de allí, una señora lloró en medio del relato, yo aguantaba los impulsos de mis lágrimas, que pretendían desfilar por mis mejillas. Seguí caminando, me caí, me embarré, me levanté, mientras me distraía con los esfuerzos para sacar grandes objetos del lodo, que si no fuera por el esfuerzo pasarían inadvertidas en ese torrente lodoso.

“La tristeza es mucha. Yo estaba construyendo el segundo piso de mi casa y la avalancha se llevó todos los materiales, también dejó el primer piso sumido en el lodo; a falta de uno perdí los dos”, me dijo Gabriel, otro de los damnificados.

Mi valentía me impulsó para caminar varios metros hacia arriba entre el caudal del río. En algunos puntos me sentí solo, con piedras que doblaban en tamaño mis 1,81 metros de altura, y ni hablar de su ancho. El agua ya estaba calmada; yo no, pero la curiosidad me guiaba.

Sobre el cauce encontré una casa ubicada en un improvisado islote, que dirigía el caudal del río hacia la derecha (de norte a sur). Hablé con sus propietarios, quienes trataban de sacar lo poco que les quedaba.  

"Esta casa tenía un antejardín y un predio verde, bien bonito. El río pasaba por la izquierda, bien pegadito al casco urbano, pero quedó a la derecha", explicó uno de sus propietarios.

Ya no había patio, ni predios verdes, ahora los vecinos más cercanos son enormes piedras y un barro oscuro marcado para siempre. Esa casa, que dividió el caudal del río e impidió que materiales más pesados entraran al casco urbano, merecía una historia aparte. En total, escribí cuatro artículos (de ellos, tres crónicas), dos para la edición digital del periódico y dos para el impreso.

Hacia las 2:00 p.m. de ese miércoles di por concluido mi trabajo: había hablado con los afectados y, por protocolo, con el alcalde de Corinto, el gobernador del Cauca y hasta con el presidente de la República. En las esquinas me senté a escribir en mi celular para enviar mis reportes y en otros momentos me quedé parado analizando la dimensión de lo ocurrido, tratando de entender todo lo vivido en tan pocas horas.

Introduje mis botas una vez más en el lodo. Caminé con dificultad hasta el vehículo que nos traería de vuelta a Cali. Conmigo partió, de las calles de Corinto, una honda tristeza. Volverla relato era el siguiente reto.   

   Jamir Mina - Egresado FCyP  

            Periodista de El País. 

    Jorge Orozco.